Las bondades de los motoristas brasileños y algunas intuiciones sobre la fe

El primer camionero Brasileño que nos encontramos fue en el empalme de las rutas nacionales n°12 y n°127 en la provincia de Entre Ríos. Allí, hay una estación de servicio y un almacén grande donde venden comida para viajeros. Recién nos había dejado un pelado muy piola en el lugar, y apenas vimos al camionero con patente de Uruguayana no dudamos en ir a preguntarle si podía acercarnos algunos kilómetros en dirección a la frontera.

Nos acercamos, y Rochelle (mi esposa) comenzó a hablar con él en portugués. Después de hablar un rato nos dijo que nos llevaba hasta la frontera. Nos quedamos contentos y tranquilos que ya no teníamos que hacer dedo durante todo el día, ya que en Uruguayana nos recibía una familia.
Así que emprendimos viaje hablando de todo, y yo aproveché para empezar a aprender algunas frases para hablar con la gente.

Claudio, el camionero oriundo de la ciudad fronteriza paró dos ocasiones para que vayamos al baño y nos invitó el almuerzo; compró unas empanadas para que no muramos de hambre y una gaseosa para compartir. Luego de hablar muchas horas, contarnos historias y aconsejarnos llegamos a la frontera. Planeábamos tomarnos el colectivo que cruza el puente para cambiar de país, pero él se ofreció a llevarnos, por lo cual nos bajamos del camión y caminamos hasta el puesto de sellar la visa y cuando salimos ya nos esperaba en frente del edificio; nos subimos y cambiamos de lugar. Una vez del otro lado nos dejó y nos deseó mucha suerte. Nos quedamos muy contentos de conocer gente muy piola en la calle, en cualquier lado. Era como seguir recibiendo regalos después de lo bien que nos habían tratado en Santa Fé.

la-pequena-en-un-camionChelly conversando con Claudio. Viajando por la Ruta Nac. N° 127.

Esa noche dormimos en la casa de un matrimonio conocido por mi chica, cenamos y nos fuimos directo a la cama porque el día había sido bastante caluroso, en la ruta el desgaste del cuerpo es mucho mayor que un día habitual en la ciudad. A la mañana siguiente partimos rumbo a Caçapava do Sul, luego de subir a un colectivo urbano y un taxi llegamos a una estación de servicio llamada Posto Cristal, en la salida de la ciudad que nos acobijó la noche anterior en la puerta de la ruta n° 290 que lleva a Porto Alegre.

Hacía un rato que esperábamos cuando Chelly me dice: “acá no creo que se paren, hay mucha violencia en el sur de Brasil por lo cual no creo que nos levanten en la ruta”. A lo que yo le contesté que había que probar, cualquier cosa comenzábamos a hablar con los camioneros estacionados en la estación de servicio para que nos lleven. Me quedé pensando en los escritos de auto stop que leí de un blogger que sigo, Juan Villarino, un mar platense que viaja a dedo por todo el mundo desde hace 11 años. Todo lo que yo sé acerca de hacer dedo lo saqué de su página web (http://acrobatadelcamino.com/2012/12/consejos-para-hacer-autostop-todo-lo/) por lo cual confiaba que era así. Él dice que hacer dedo y una buena sonrisa es el lenguaje universal para que te levanten en la ruta, pero por un momento dudé de su blog y me dejé llevar (dentro mío sin que mi esposa sepa) que tal vez ella tenía razón, y empecé a sentir que a lo mejor nadie nos iba a levantar en la ruta y que eventualmente tendríamos que pagar el pasaje de un colectivo. Pero luego de pensar un rato, recordé los escritos del blog de Juan, y decidí confiar en eso; todos sabemos que los pensamientos forjados a fuerza de andar son los que tienen valor (Nietzsche), y la experiencia del flaco no es menor, así que corté con mis pensamientos pesimistas y me arrojé a la esperanza de que alguien nos alce. Después de todo alguien que sabe lo dijo.

Es interesante cómo esto que me sucedió en la primer ciudad de Brasil es un sistema básico de cualquier confesión de fé. Uno pone la confianza en alguien que dijo algo y, sin tener la demostración de eso uno se arroja teniendo la esperanza de que eso va a suceder. Creer es constitutivo de nuestra condición humana, depositar nuestra confianza en algo o alguien es una de las cosas que nos hace personas; claro está que todos las depositamos en lugares diferentes.

Efectivamente fue así, nos levantaron de Posto Cristal, sólo pasaron 20 minutos desde que empezamos a hacer dedo hasta que paró un camionero, llamado Daniel, se detuvo frente a nosotros y nos preguntó a dónde íbamos; nos dijo que podía acercarnos hasta Alegrete, a 145 km del lugar donde estábamos esperando así que nos subimos y comenzamos a charlar. Nos contó de las dificultades que estaba atravesando, habló como una hora solo, contándonos acerca de su separación. Por poco gritaba, estaba sacado, casi agonizando por las injusticias que su ex mujer le había hecho pasar. Nos sentimos bastante tristes, no pudimos evitar sentir un poco el dolor que él tenía. Pero el tiempo pasó, y cambiamos de tema, ya estaba un poco más calmado y comenzó a contarnos acerca de las dificultades económicas y sociales por las cuales atraviesa Brasil; una moneda de cambio habitual en la ruta. Nos dejó en otra estación de servicio, un par de kilómetros más delante de donde él originalmente se salía de la ruta porque en el lugar donde él doblaba era un tanto peligroso, al lado de la ruta había como una villa en la cual son habituales los asaltos. Luego de que nos dejó, se volvió a su trabajo.

Entramos a un comedor para comer algo y salimos al rato, aún faltaba un tramo bastante largo. Pero no nos imaginábamos que íbamos a esperar tres horas al rayo del sol esperando que alguien nos levante. Fue duro, en Argentina lo máximo que habíamos esperado fueron dos horas, y ahora aún después de la tercera hora estaba el pescado sin vender. En un momento nos volvimos al restaurante a comprar un agua mineral fría y nos acostamos un ratito bajo los árboles para dormir un poquito y recobrar los ánimos. Luego que volvimos a la ruta, pasaron 30 minutos hasta que nos levantó un muchacho de mi edad que iba a trabajar a la próxima estación de servicio. Viajamos diez minutos con él y nos dijo que le dio pena que estábamos al rayo del sol sin que nadie nos levante; por eso nos llevó al frente de su trabajo y nos dejó bajo la sombra, así que pudimos seguir bajo la sombra. Pasó media hora más hasta que un camión lechero se detuvo y nos levantó. La alegría que teníamos sólo era comparable con todo el tiempo que esperamos a que alguien se detenga, en total fueron cerca de cuatro horas de espera en la misma zona.

Este camionero se llama Gio, transportaba leche hasta Rosário do Sul así que nos llevaba 106 km según el mapa. Comenzamos a hablar y nos dijo que nunca se detenía y que en esta ocasión tampoco lo iba a hacer; pero sintió compasión por la cara de tristeza que tenía Rochelle y supo que no somos delincuentes y que no le íbamos a hacer nada. Nos dijo que en ese breve instante reflexionó acerca de lo difícil de “pegar carona” (hacer dedo) en Río Grande do Sul; y que a él a veces le pasó que tuvo que dejar el camión en un lugar y volver a su casa a dedo. Nos contó, y confirmó lo que ya Chelly había dicho por la mañana, en el sur de Brasil es muy difícil que te levanten porque ha aumentado muchísimo la violencia y nadie tiene confianza de exponerse tanto. Daniel la mañana misma nos había dicho que se había dado cuenta que nosotros éramos turistas porque hacíamos dedo en un punto clave, con equipaje; por lo cual no dudó en levantarnos, lo habitual de la gente que roba anda sin equipaje o con una mochila y siempre está esperando en el camino en medio de la nada.

Cuando llegamos a Rosário, Gio se detuvo un rato y nos invitó a comer. Nos dijo que no nos cobraba nada e insistió a que le aceptemos. Así que le dijimos que sí. Era alrededor de las 18 hs, sólo nos quedaban dos horas antes que baje el sol para encontrar donde dormir. Faltaban 167 kilómetros para llegar a Caçapava, y no lo veíamos posible. Después de unas nueve o diez horas de viaje habíamos avanzado sólo 245 km, lo cual era poco en relación a Argentina que en ocho o nueve horas hemos hecho 400 km. Así que nos relajamos y nos quedamos con Gio preparando un sándwich en la cocina que tienen todos los camiones grandes, sacó café, leche, pan lactal, queso, fiambre, nata (similar a la margarina) mermelada de uva y no recuerdo qué otra cosa. Así que mientras preparábamos íbamos comiendo y tomando el café con leche. En un momento Chelly se va al baño y yo me pongo a pensar dónde podíamos armar la carpa para pasar la noche, y el camionero salió a hablar con otros choferes que iban saliendo de la estación de servicio para que nos lleve unos kilómetros más cerca de nuestra meta. Mientras preparábamos el segundo sándwich, nos dijo “¡vengan!, el los lleva hasta Sao Gabriel” (el próximo pueblo a 60 km). Estábamos tan contentos con la ayuda que nos había dado que no sabíamos cómo agradecerle, nos abrazamos y saltamos directo al camión que salía. Le compartía a mi esposa un pensamiento que se me cruzaba desde la mañana, y es que los camioneros tienen tanta calle que después de hablar 5 minutos con una persona ya saben sin son unos chantas o no; y lo vemos porque no tienen drama en que nos quedemos arriba del camión cuando se paran para ir al baño, cargar combustible o cuando se bajan por cualquier cosa. La tienen bastante clara.

Comenzamos a hablar con Evandro, un flaco de treinta años de edad. La verdad que a él le entendía poco lo que hablaba; pero aun así entendí bastante. Hablamos de cosas generales, nada especial; el viaje era corto así que no hablamos mucho pero Rochelle le contó algunas cosas nuestras. Luego de viajar cerca de una hora unas cuadras antes de bajarnos nos preguntó si íbamos a Caçapava a lo que respondimos afirmativamente; así que nos dijo, bueno yo los llevo; con mi compañero (otro camionero que iba a delante) pasamos por ahí. Así que nos bajamos, tomamos cimarrón (un mate tradicional del sur brasileño) y les contamos que andábamos haciendo, cómo fue nuestro casamiento y cosas de nuestra vida; quedaron alucinados de lo que les decíamos y no paraban de decir “¡qué coragem!”. Al rato partimos rumbo al destino marcado para ese día.

Más relajado el flaco que nos llevaba, y habiendo entrado en confianza nos contó acerca de sus asuntos. Otro drama similar al de esa mañana, ¡la verdad que son problemáticas las brasileñas eh! Cuando llegamos a la ciudad en cuestión, nos dejaron en otra estación de servicio; a unos 500 m del pórtico de entrada de la misma. Le preguntamos a un señor dónde estaba la entrada y ¿saben qué?, se ofreció a llevarnos hasta adentro, cerca del centro; así que nos subimos a su Scania 112H (ese día fue el día de la marca sueca, nos subimos a 3 Scanias, un Mercedes Benz y un fiat uno). Y como frutilla del postre, el motorista llamado Jorge, luego de estacionar agarró su celular y llamó a la tía de Rochelle para que nos vaya a buscar. Después de 14 horas de viaje habíamos llegado a Caçapava do Sul.

lukas-y-evandroLucas a la izquierda y Evandro a la derecha, compartiendo un cimarrón en San Gabriel.

Fue increíble ser ayudados por esta gente que jamás habíamos visto en la vida, me di cuenta que cuando mayor son las dificultades en el mundo, las personas son más compasivas con el prójimo; cuando abunda la maldad, sobreabunda la Gracia; cuando más dura es la violencia en las ciudades mayor es la bondad de aquellos que la viven. Me asombró la buena voluntad de ellos para con nosotros, y me quedo con una última frase que leí en uno de los termos: “ayudar es crecer”, indudablemente a los “caras” de Bahía Blanca les queda mucho por dejar la niñez.

en-cacapavaLa mañana siguiente en Caçapava do Sul.
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