No lo soñé, se retorció y afectó a mi suerte

Cuántas veces lo habré soñado… no lo sé, decenas de veces. Atravesar los amplios campos sin llegar a ningún lugar, como hace el viento; escuchaba a las rutas llamarme que me invitaban a viajar. Cuántas noches habré soñado y despertado exaltado por la fantasía mental que se había atravesado durante las horas dormidas. Cuántas noches habré anhelado huir de la casa de mis padres hacia nuevos horizontes, subirme a un avión y sentir en carne viva la libertad tan ansiada. Innumerables noches soñé que volvía a Alemania, que viajaba en auto, en braco, en avión, en tren. Soñaba que me alejaba de todas la pestilencia cotidiana de trabajar en un fábrica y abrazar los verdes campos teutones para así poder disfrutar de una perpetua primavera.

No lo conseguí en los parámetros que soñaba, no conseguí conseguir trabajar y vivir en Alemania, pero esos deseos de libertad los conquisté con no poco esfuerzo. Dejé la casa de mis progenitores, dejé la fábrica que durante siete años me hizo renegar como loco e incluso dejé el país atrás. Me casé con una brasilera que me abrió nuevas puertas y con ella la posibilidad de trabajar y vivir en Brasil, conocer otra lengua, otra gente, otra cultura otro trabajo; no ha sido para nada un premio consuelo. Lo que yo acariciaba en sueños no era en un sentido fuerte fundirme uno con uno con el espíritu alemán hasta perder mi individualidad –aunque sin duda estaba convencido de ello– lo que ansiaba era poder huir de la rutina carcelaria que suponía la fábrica, las mentes chicas de la ciudad y sobre todo escapar de la angustiante convivencia que imponía mi padre, de la falta de oxígeno emocional implica compartir una casa con él, del asfixiante control que él pretendía ejercer sobre mi vida. Eso soñaba y anhelaba pero como era difícil verlo por fuera del cuadro lo denominé Alemania. Denominé Alemania al irrefrenable deseo de desencadenarme de todo lo que me amputaba las alas. Hasta que lo conseguí. No con los detalles que soñaba pero si con un horizonte más colorido porque no sólo me separé físicamente de mi casa sino también emocionalmente de ese vapor espeso que era la convivencia mis viejos, esa fuerza expansiva fue tan fuerte que hasta en los cotidianos días de mi matrimonio la onda de la explosión sigue alejándome de sus espíritus, de sus cotidianidades, de sus deformidades; ya soy independiente del karma que podría haber traído a mi propia familia por haber crecido en su casa. No digo que soy 100% otra persona, tengo muchas cosas de ellos, pero eso no me esclaviza y cada día me alejo más de esos sus hábitos que me hastiaban constantemente.

Claro está que mi querido país centroeuropeo lo quiero con el corazón, eventualmente volveré a recorrer sus calles tan llenas de historia; pero ya no es la tierra prometida para mí, porque la libertad la llevo dentro sin más, sin objetos, sin mapas, sin un espacio geográfico al cual abrazar. Fui libre como el pájaro que escapó de su prisión y puede al fin volar.

Por lo cual mi anhelo de irme lo pude conseguir con creces, principalmente porque pude relativizar su experiencia de vida y decidir enfrentar la mía propia con sus dificultades. Y llegó el momento del viaje, donde materialmente (desde mis ojos) era más visible la huida. No fue descontrolada, no me desaparecí, no los mandé a la mierda –cómo tantas veces fantaseé–, simplemente armé moderadamente el viaje y salimos con mi esposa. Visitamos numerosos lugares, tiramos cientos de fotos, nos bañamos en interminables playas, conversamos incontables horas. Pero aunque la experiencia de viajar es fantástica, hay otros pormenores que tiene el corazón y se manifiestan cuando le llega su momento.

Y con cada kilómetro mi corazón siguió latiendo; no lo soñé, se retorció y afectó a mi suerte. Contradijo todas las fantasías que había soñado por años, pensaba que nunca iba a extrañar y ni me imaginaba que ansiaría retornar. Pero así fue, y así es. Extraño mi hogar, el lugar que deseo pasar la mayor parte de los años que me quedan. Extraño tener una mesa donde apoyar mis libros y quedarme leyendo una tarde de sábado hasta la cena. Extraño mi biblioteca personal y poder armar las estanterías que alojen los libros que compre. Extraño mi idioma, extraño poder expresarme casi ilimitadamente, extraño a mis amigos y quedarme toda la tarde jugando videojuegos con ellos. Extraño el club de lectura que había armado con ellos. También extraño mis videojuegos. Extraño mi iglesia y las reuniones dominicales. Extraño a mi familia. Extraño la biblioteca que estaba proyectando para la ciudad. Extraño las salidas en grupo para pasar un fin de semana. Extraño ver una cara amistosa ya conocida. Extraño juntarme a cenar con mis hermanos. Extraño las charlas trascendentes. Extraño poder abrazarlos. Extraño poder compartir la vida con ellos y crecer juntos. Extraño envejecer junto con ellos. Extraño mis amigos de la facultad y las charlas sobre Aristóteles. Extraño a mis profes y a la universidad. Extraño la dinámica de vida que tenía con ellos porque nunca había una juntada igual o rutinaria.

Tal vez sea que esta extrañitis aguda se vea contrapuesta con el hastío que me producen las iglesias de acá, el no tener amigos y que el verano ya fue. Están llegando los días frescos y ya no quedan lugares para bañarse. Ya no dan ganas de salir de casa cuando está fresco y llueve por cinco días seguidos. La lluvia es linda, cuando tenés de 35 a 40 grados diarios, después cuando cesa el calor se vuelve una molestia. Seguramente el cuadro se agranda porque el trabajo se ha vuelto un tanto rutinario y ya no es tan espectacular como al principio. Si bien con mi esposa leemos juntos, paseamos juntos, vemos pelis juntos, ella me ayuda con el idioma, conversamos todo el tiempo y además el próximo mes cambiamos de ciudad (una más cálida); también necesitamos a otros que compartan nuestros días cotidianos. Así como las mujeres hebreas se iban junto al rio a lavar las ropas y a ayudarse a cuidar los niños mientras los hombres desarrollaban sus tareas, mi esposa necesita de sus amigas para charlar de sus experiencias, así como yo necesito hablar con mis amigos de Tolkien, Unamuno y Kafka o juntarnos a ver la última peli de Alien.

Siempre supimos que volveríamos a los pagos donde festejamos nuestro matrimonio, pero nunca imaginé que extrañaría de esta manera. A pesar de la inesperada sorpresa que estoy describiendo en pocas líneas acá, miro el horizonte con alegría sabiendo que esto que vivo en estos días no es una tortura sino un paso más de encontrarme en este mundo y transitar –como dijera Thoureau– los oscuros senderos interiores. Mira que te mando que seas valiente indicó El Maestro por lo cual sólo he de redoblar la determinación de mis pasos y aprovechar el tiempo como se me es dado tratando de hacer lo mejor posible. Hasta volverlos a encontrar a aquellos que nombré sabiendo que los nuevos días que vendrán tendrán sus propios desafíos y afanes. Gracias por acompañarnos.

100_5242Un cotidiano día en la oficina

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